Julia, repentinamente, abrió los ojos, con una luz fría brillando en su mirada, y clavó el sacacorchos que tenía en la mano en el estómago de Jairo.
Jairo gritó de dolor y se dobló, sujetándose el vientre mientras caía al suelo.
El sacacorchos era el mismo que Julia había tomado de la mesa momentos antes. Con un golpe certero, logró su cometido y de inmediato salió corriendo.
—¡No te escapes!—gritó Jairo —¡Atrápenla, a esa maldita!
Varios guardaespaldas se apresuraron a perseguirla.
Julia sintió