110. El encuentro (T2)
Esa tranquilidad y calma inquietante, solo acentuaba el poder que emanaba de él. William lo miraba, ya no como un rival ni como un joven imprudente, sino como un dios que podía decidir su destino. El sudor comenzaba a empapar la camisa de William bajo el saco caro que llevaba puesto, su postura se volvía tensa, rígida. Sus piernas apenas lo sostenían, y por un segundo temió que sus rodillas cedieran y cayera de rodillas, como lo había exigido de Herseis minutos antes. La ironía de la situación