Casi no recuerdo haberme quedado dormida anoche, solo que la voz de Taylor había sido el último sonido en la habitación. Suave, constante, con algo lo suficientemente cálido como para evitar que me derrumbara del todo en mil pedazos.
Ahora, lo único de lo que soy consciente es el dolor en el tobillo y el sonido tenue de alguien respirando en el suelo.
Taylor.
Estaba hecho un ovillo entre mantas y almohadas como un niño grande, con un brazo cubriéndole la cara, el pecho subiendo y bajando con ca