Alekos seguía mirando la carpeta.—La llamaré para que le informes —dijo al fin, con voz contenida.
Strauss lo observó en silencio; el hombre que tenía enfrente parecía abatido, como si le hubiesen arrancado el suelo bajo los pies. Alekos se pasó una mano por el rostro y salió hacia la cocina.
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