Natalia contuvo la respiración.
Los pasos en el pasillo se acercaban, firmes, seguros.
Si la encontraban ahí, todo su plan se vendría abajo.
Miró a su alrededor, buscando una salida. La oficina de Acosta tenía un ventanal enorme que daba a la ciudad, pero estaba en el piso treinta. Saltar no era una opción.
Entonces, vio una puerta entreabierta al fondo. Un baño privado.
Se movió con rapidez y se deslizó adentro justo cuando la puerta principal de la oficina se abría.
Desde la estrecha rendija,