El amanecer asomaba en el horizonte, tiñendo de naranja y rosa los altos edificios de la ciudad. La luz se filtraba a través de las cortinas, bañando la habitación de Natalia en una suavidad engañosa. Por fuera, el mundo seguía girando como siempre, pero para ella, la oscuridad de la noche anterior no se había disipado. Había dado un paso más en su camino hacia la destrucción de Raúl, pero a un costo que comenzaba a pesar en su alma.
Su teléfono vibró, sacándola de sus pensamientos. Era Sergio.