"¿Color favorito?”, le pregunto.
“Verde”, dice y no entiendo el rubor de sus mejillas al bajar la mirada. “¿El tuyo?”, pregunta ella mientras se lleva un bocado de comida a la boca.
“El mío también era verde, pero ahora es azul celeste, el color de tus ojos”.
Esos ojos conectan con los míos, enfocados como si fueran láser para ver si estoy mintiendo. No miento. Y cuando su rubor se oscurece, me doy cuenta de que su color favorito puede deberse también a mis ojos.
“¿Flor favorita?”.
Resopla.