CAPÍTULO CUARENTA

HENRICO ZATTANI

Sus manos pequeñas y suaves descansan sobre mi pecho mientras ella se acomoda en mi polla, sonriendo con depravación mientras se acomoda y da el primer movimiento.

— ¡Córrete! — gruño, llevando mis manos a su delgada cintura y apretando fuerte, causando que ella gima y se deslice con fuerza sobre mi longitud.

— Eres tan bueno conmigo. — susurra con los ojos cerrados, echando la cabeza hacia atrás y dándome la vista perfecta de sus pequeños pechos. Se me hace agua la boca y agarr
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