Me giré hacia ella, todavía aturdida por lo que acababa de experimentar. Dudé por un momento si contarle sobre la aparición del anciano, pero las palabras se atascaron en mi garganta. ¿Cómo podría explicar algo tan extraordinario y, al mismo tiempo, tan incomprensible?
—No, no es nada—, respondí, forzando una sonrisa que no alcanzaba a ocultar mi desconcierto. —Solo fue un poco de mareo, supongo.
Ella me miró con una expresión escéptica, como si pudiera intuir que algo más estaba ocurriendo. P