La mañana siguiente transcurrió con una calma engañosa. En la Villa Echeverría nadie alzaba la voz. Nadie discutía en los pasillos. Sin embargo, bastaba cruzarse con cualquier miembro de la familia para comprender que algo había cambiado. Las conversaciones se interrumpían cuando alguien más aparecía, las miradas se prolongaban un segundo más de lo habitual y el ambiente entero parecía cargado de una tensión que nadie se atrevía a nombrar.
Juliana preparó el desayuno de Sebastián junto a Carmen