La habitación permaneció en silencio durante varios minutos después de que Juliana salió.
Sebastián seguía mirando hacia la puerta cerrada, con una sensación extraña instalada en el pecho. No era culpa exactamente, aunque una parte de él sabía que la situación no era justa para ninguna de las dos mujeres que ahora formaban parte de aquel caos que su abuelo había dejado detrás.
Juliana no había hecho nada para merecer el desprecio de Jimena.
Y Jimena tampoco había hecho nada para merecer sentirs