42| Dos hijas, una madre.
Val se recostó de su nuevo escritorio en el que ni siquiera se había apoyado una sola vez. Keira la miraba de frente, con los ojos clavados en ella y las pupilas dilatadas.
Val pasó saliva y trató de erguirse, pero los tacones le impedían enderezarse bien y tuvo el impulso de quitárselos y lanzarlos lejos.
— Doña Keira — murmuró bajito con la voz conmovida. La mujer sonrió con tranquilidad y luego caminó hacia Val y cuando llegó con ella la agarró por los hombros y la observó.
— Lo sabía — d