Ella nunca hará nada por ustedes.
Ambos nos dirigimos a la ubicación en la cual Marco había estipulado que entregaríamos a Montserrat.
Llegamos a un antiguo almacén abandonado, donde Marco había establecido su guarida. Nos adentramos con cautela y dispuestos a enfrentar cualquier peligro que se presentara.
Al entrar, encontramos a mi madre atada y amordazada, su rostro reflejaba el miedo y la angustia. Mi corazón se desgarró al verla en ese estado, pero me mantuve firme y me acerqué a ella para liberarla.
En ese momento, Marco