Capítulo 7. Sueños perturbadores.

Luego del desayuno, Adrian McGrath informó que debía atender asuntos de trabajo en su empresa. El hombre esperó a que Elena regresara de su casa, con sus pertenencias para quedarse esa semana, y así marcharse.

Elena lo observó desde el umbral del vestíbulo mientras él se ajustaba el abrigo y hablaba en voz baja por teléfono, concentrado y distante. No se despidió de ella. Apenas le dedicó una mirada rápida y evaluadora, como si dejara algo pendiente en el aire.

Cuando la puerta principal se cerró, el silencio volvió a caer sobre la casa.

—Papá se va siempre así —dijo Leo, tomando su mano—. No le gustan las despedidas.

—Tiene mucho trabajo —respondió Elena con suavidad.

—Pero vuelve —aseguró el niño—. Siempre vuelve.

Esa certeza infantil le apretó el pecho. Eso era lo único a lo que él parecía aferrarse, al regreso de su padre. Ella lo miró con dulzura y acarició sus cabellos.

—¿Qué tal si vamos al patio de juegos?

La sonrisa le cambió por completo el semblante.

El día transcurrió lent
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