Capítulo 12. Un hombre violento.

Elena regresó con los niños al jardín intentando parecer tranquila. Por fuera, sonreía, respondía a Leo, vigilaba a Max y seguía con atención las observaciones silenciosas de Theo, pero por dentro, su mente era un torbellino que no lograba acallar.

El beso, la conversación posterior, la llegada del contador llamándola por su nombre, y, sobre todo, la forma en que Adrian la había defendido.

«No preguntó nada, no mostró sus propias dudas, solo me ayudó a salir de aquel aprieto», pensó mientras ayudaba a Leo a acomodar sus autos sobre el césped.

«¿Por qué?». Esa pregunta se repetía una y mil veces en su cabeza, mezclada con el recuerdo del apasionado beso, uno que la marcó para siempre.

«¿Lo había hecho por la intimidad compartida? ¿Por ese beso que no debió existir? ¿Por la cercanía que logramos y todavía ardía bajo la piel como una quemadura lenta?». Tenía tantas dudas en la cabeza que creía que se volvería loca.

«Pero… y si él… ¿sospecha algo?». Se irguió, nerviosa, mirando a la nada
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