Al llegar a casa, me encontré con Freddy en la puerta, llorando desconsoladamente. Sus sollozos resonaban por el pasillo, y no pude evitar sentir preocupación y molestia al ver a mi amigo en ese estado tan patético.
—Freddy, ¿qué demonios te pasó? —pregunté, sin molestarme en ocultar mi irritación.
—Ella... me dejó, Ethan. Me dejó —dijo entre sollozos, las lágrimas le corrían por su rostro.
Le abrí la puerta y lo guié hasta el sofá, donde se desplomó, con el rostro cubierto por sus manos. Tomé