Lugh sintió que estaba en el paraíso, sus miedos se disipaban, volvía a vivir, ella era su centro de paz.
Quería besarla tanto hasta que su sabor se impregnara por siempre en sus labios. La recostó en el suelo alfombrado, siguió besándola.
—Te amo —murmuró al romper el beso, acarició su rostro.
Las pestañas de Marbella temblaban como alas de mariposa, mientras lo miraba con dulzura.
Lugh supo que siempre era ella, no había ninguna otra mujer en su corazón.
—Lugh, debo ir por tu ropa —dijo e