Abigail llegó a casa, desesperado, abrió la puerta y vio a Vania y su madre abrazadas.
—Llegas tarde, papá murió —dijo Vania.
Abigail rompió en llanto.
—¿Dónde dormiste, mujerzuela? —reclamó Vania.
—¡Ya basta! —exclamó la madre—. No ven que estoy sufriendo.
Abigail quiso abrazar a su madre, y ella dio un paso atrás.
—Ahora no quiero nada.
Abigail se sintió destrozada, necesitaba ese abrazo tanto, y su propia madre se lo negó.
—¿Y por qué lloras tanto, Abigail? ¡No tienes derecho a llorar! ¡ÈL no