Capítulo 5. Ella ya renunció

—No creo que Lia solo esté haciendo un drama porque sí —interviene finalmente Kai, incapaz de seguir soportando las habladurías—. Ninguna mujer soporta ese tipo de rumores, por mucho que busquen una justificación de su acto, está mal. Si yo fuera ella, también estaría bastante molesto.

La mesa se sumerge en un silencio absoluto. Nadie responde. El comentario de Kai corta el aire, pero nadie tiene el valor de discutir con él. Dylan finge estar distraído con su copa, Ravenna evita la mirada de todos y Axel permanece inmóvil, con el rostro duro, sin expresar nada.

Tras una última ronda de brindis, Axel se levanta con calma y se despide de los presentes. Ravenna se aferra a su brazo de inmediato, como si temiera perder protagonismo en esa velada.

—¿Me llevas a casa? —pregunta con voz suave, casi insinuante.

Axel asiente, sin añadir palabra. Ambos caminan hacia la salida, acompañados por algunas miradas curiosas que los siguen.

Luego de dejar a Ravenna frente a su casa, Martín, el chofer de confianza de Axel, enciende de nuevo el motor y mira por el retrovisor.

—¿A dónde vamos ahora, comandante?

Axel permanece en silencio unos segundos, pensativo.

—A la mansión Storme —ordena con frialdad.

Martín frunce el ceño, sorprendido. No dice nada, pero conoce de memoria la rutina de su jefe. Después de un evento tan importante, lo normal hubiera sido regresar al departamento, sobre todo porque Lia debería estar allí. Pero esta vez no. Axel ha decidido apartarse, dejar pasar unos días hasta que ella se tranquilice, aunque en el fondo sabe que no es tan simple.

La mansión lo recibe silenciosa, con el mismo aire solemne de siempre. Axel sube a su habitación sin hablar con nadie, se quita el saco y deja el sobre intacto en el cajón de la mesita de noche. Ni siquiera lo mira cuando apaga la luz y se deja caer en la cama. El sueño no llega pronto, pero tampoco quiere pensar demasiado.

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La mañana siguiente lo encuentra con el mismo porte impecable de siempre. Traje normal para ir a la empresa, corbata ajustada y esa expresión firme que todos asocian con el nuevo comandante Storme. El auto lo espera en la entrada, y Martín abre la puerta sin hacer comentarios. El camino hacia las oficinas transcurre en silencio, solo roto por el sonido constante del motor y el roce de las páginas de la agenda electrónica que Axel revisa en su tableta.

Al llegar al edificio, el ambiente es distinto. La euforia del día anterior aún se percibe en los pasillos, con empleados que lo felicitan a cada paso. Él responde con un asentimiento cortés, sin detenerse. En cuanto entra en su oficina, Laura, una de las asistentes más jóvenes, se apresura a seguirlo con varias carpetas en la mano.

—Buenos días, comandante Storme. Estos son algunos documentos que necesitan su aprobación antes de la reunión —dice con voz nerviosa, dejando los papeles sobre el escritorio. Sus manos tiemblan ligeramente.

Axel apenas le dedica una mirada mientras toma asiento.

—Cuando llegue Lia, dile que me traiga un café. No quiero intoxicarme con el tuyo —ordena, como si se tratara de cualquier día normal.

Laura siente un nudo en la garganta. No sabe cómo decirlo, pero debe hacerlo. Lia ya no volverá. La renuncia está registrada, el correo llegó esa misma mañana. Ella es la encargada de entregar la noticia, aunque preferiría estar en cualquier otro lugar antes que enfrentarlo.

Axel frunce el ceño, impaciente por la vacilación. Nadie más que sus amigos y familiares más cercanos conocen la verdadera relación que tiene con Lia. Para todos los demás, ella es solamente la asistente perfecta, la única que sabe complacer cada uno de sus pedidos con precisión.

Laura traga saliva, consciente de que el ambiente en la oficina está a punto de cambiar.

—Comandante… —Laura duda, sus manos tiemblan un poco mientras aprieta el ruedo de su blazer. No sabe qué palabras elegir para no desatar la furia que siempre late bajo la superficie de este hombre.

Axel levanta la vista lentamente, con ese gesto que congela a cualquiera.

—Mmm… —gruñe, mirándola con desdén.

—La señorita Lia… —titubea, tragando saliva—. Ella no vendrá a la empresa hoy. Ella… envió su renuncia irrevocable esta mañana temprano.

El aire se corta en la oficina. Axel se queda inmóvil, procesando lo que acaba de escuchar. Alza la mirada hacia Laura con incredulidad, como si estuviera seguro de haber entendido mal. El silencio se hace pesado, insoportable. Está bien que Lia esté molesta por las fotos y las noticias que circularon en Internet, pero esto… esto ya es demasiado.

—Llámala ahora mismo —ordena al fin, su voz baja, controlada, pero cargada de amenaza—. Dile que esté aquí para la reunión semanal de las nueve.

Laura asiente con torpeza. Saca su celular corporativo del bolsillo de la chaqueta y marca con dedos nerviosos el número de Lia. Axel se reclina en la silla, con la mirada fija en ella, impaciente.

—¿Hola? —Lia contesta al otro lado, todavía aturdida tras una intensa sesión de cardio matutino. Su respiración agitada se mezcla con el ruido de fondo.

—Señorita Lia, buenos días —dice Laura con cautela—. Llamo para avisarle que el comandante pide que esté presente para la reunión semanal que inicia dentro de dos horas.

Del otro lado hay un silencio corto. Lia bebe un sorbo largo de agua, se limpia el sudor de la frente y suspira.

—¿El comandante Storme no sabe que ya no soy empleada de su empresa? —responde al fin, tragándose el enojo que arde en su pecho. Su voz es firme, aunque amarga.

¿De verdad se atreve a llamarla solo para eso? ¿Quién cree él que es? Durante estos años desempeñó su papel de todo corazón. La esposa obediente en la casa y la asistente perfecta en la empresa ya no existen.

Cada palabra que dice retumba en el oído de Laura, que se estremece. Lia continúa, con un tono más cortante:

—Nada de lo que pase allí o con el comandante Storme es de mi incumbencia ya. No me vuelvan a contactar… a menos que sea para retirar mi cheque de liquidación.

Laura contiene la respiración.

—Señorita, yo… —balbucea, intentando decir algo que suavice la situación.

Pero Lia corta la llamada.

La joven se queda mirando la pantalla del celular apagada, con el rostro pálido. Levanta lentamente los ojos hacia Axel. Él la está observando fijamente, y la expresión en su rostro es sombría, casi peligrosa. Sus labios se aprietan en una línea dura.

Laura abre la boca para explicar, pero no logra articular palabra.

—Sal de mi vista… ¡Ahora! —ordena Axel con voz grave.

El temblor de su tono no es de debilidad, sino de furia contenida. Laura baja la cabeza y se apresura a salir de la oficina, con las manos todavía húmedas por el sudor del nerviosismo.

Axel se queda solo. El eco de la voz de Lia resuena en su cabeza. Ha escuchado cada palabra que dijo. Sus puños se cierran con tanta fuerza sobre el escritorio que los nudillos se ponen blancos. Respira hondo, pero la presión en su pecho no cede.

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