Capítulo 4. ¿Lia te dejó?

—¿Qué haces aquí? —pregunta Kai entrando a la oficina de Axel, con el ceño ligeramente fruncido—. La fiesta apenas está comenzando. Ravenna te está buscando. Preguntó por ti más de diez veces. Ayla tenía algo que hacer y ya se retiró.

Axel aprieta la mandíbula, se traga su malestar y asiente con un gesto breve. Se pone de pie con cierta pesadez, como si ese simple movimiento requiriera un esfuerzo que solo él entiende.

—Vamos —dice, y se acomoda la chaqueta antes de seguir a Kai.

Ambos caminan en silencio por el pasillo iluminado, mientras la música y las voces del salón principal llegan cada vez más fuertes. El bullicio los envuelve apenas atraviesan las puertas. El ambiente es vibrante, cargado de entusiasmo.

Axel se dirige a su lugar en la mesa principal. Apenas toma asiento, Ravenna se coloca a su lado con su porte elegante, ese que siempre muestra en público. Se inclina hacia él y le habla con tono preocupado.

—Axel, ¿dónde fuiste? Pensé que ya no volverías. Estaba asustada por quedarme sola aquí con toda esta gente.

Axel desvía la mirada hacia su copa de vino y responde, escueto:

—Ya estoy aquí.

Levanta la copa de vino, pero no bebe ni una gota. Sus dedos aprietan suavemente el cristal, como si su mente estuviera en cualquier otro lugar menos en esa sala.

Varias personas continúan acercándose a felicitarlo. Los apretones de mano, los elogios, las palabras de admiración son incesantes. Axel responde con la naturalidad de quien siempre estuvo acostumbrado al poder y al reconocimiento. Su voz suena firme, sus gestos son precisos, como si nada lo perturbara.

Ravenna sonríe a su lado, encantada con la situación. Vio que Lia se marchó en pleno discurso y eso la tiene complacida. Ahora nadie puede opacar su presencia junto a Axel. Es el momento de reafirmar lo que ella cree que le corresponde: ser la única mujer a su lado.

Axel parece ajeno a esos pensamientos, aunque su porte magnético impone respeto. Su expresión tranquila, casi distante, sumada a la perfección de sus rasgos, hace que toda la atención recaiga en él sin esfuerzo. Los demás en la mesa apenas logran sobresalir a su sombra.

Tras algunos brindis y risas forzadas, Kai observa a su amigo con detenimiento. Nota la ausencia de emoción en sus ojos, esa desconexión sutil que no engaña a quien lo conoce desde hace años. Axel está allí, pero al mismo tiempo no lo está.

Ravenna también lo nota, aunque decide callar. Prefiere mostrar su sonrisa impecable antes que exponer cualquier incomodidad.

Dylan Hale, el más jovial del grupo, saca su teléfono y comienza a tomar fotos de la mesa. Pide a todos que posen y captura varios momentos que enseguida comparte en sus redes sociales. El ambiente parece relajarse un poco con sus ocurrencias, aunque la expresión seria de Axel se mantiene intacta.

La noche avanza entre conversaciones y música cuando el celular de Axel vibra sobre la mesa. Echa un vistazo a la pantalla y ve un nombre que lo obliga a contestar de inmediato: es Marcela.

Se aparta un poco, pero no lo suficiente para evitar que quienes están cerca lo escuchen.

—¿Sí? —responde, su voz grave.

Al otro lado, la mujer que lo crió y lo cuidó por tantos años le habla con calma, pero con una urgencia que Axel percibe al instante. Él escucha en silencio, apenas moviendo los dedos sobre la mesa. Cuando ella termina, aprieta el teléfono contra su oído y murmura lo suficiente para que los de la mesa lo oigan:

—No tiene a dónde ir.

El murmullo en la mesa se detiene al instante. El aire se espesa de curiosidad. Todos intercambian miradas, preguntándose a quién se refiere. Lia aparece en sus mentes casi de inmediato. Después de lo ocurrido anoche y de su repentina ausencia durante el discurso, resulta imposible no pensar en ella.

El silencio dura apenas unos segundos, hasta que Dylan, siempre el más intrépido, rompe la tensión:

—¿Lia finalmente te dejó? —pregunta con una sonrisa burlona, apenas contenida en su rostro. Da un trago a su copa antes de añadir con descaro—. Ya se había tardado, al menos ahora ya sabe su lugar. Estoy seguro de que pronto encontrará a otro a quien celar y hacerle dramas. Ahora, por fin, podrás estar en paz y hacer tu vida sin complicaciones.

El murmullo de las conversaciones alrededor continúa, pero en la mesa principal el silencio se hace pesado. Los ojos de Axel se alzan despacio hacia Dylan y lo atraviesan con una mirada sombría que incomoda a todos. 

Dylan carraspea nervioso, baja la copa y se encoge de hombros.

—Oh… creo que bebí demasiado. El alcohol me hace decir barbaridades, no me hagan caso —se justifica, con una sonrisa incómoda.

Ravenna, que hasta entonces se había mantenido en silencio, aprovecha el momento. Su gesto es delicado, calculado, y toma la mano de Axel con una naturalidad ensayada. Su voz suena suave, cargada de una falsa humildad que contrasta con el brillo de triunfo en sus ojos.

—Lo siento, creo que se molestó por mi culpa. ¿Debería explicarle lo que sucedió anoche? —pregunta con fingida inocencia—. No quiero ser un conflicto entre ustedes. Solo trataba de cuidar tu imagen. Después de todo, ahora eres comandante de la guardia nacional, eso es lo más importante. Además, subir al escenario contigo quizá fue peor… te juro que no tuve mala intención. Solo quería compartir contigo esa alegría y la tía Adriana me dijo que no había problema. ¿Hice mal? ¿Quieres que hable con ella?

Axel retira lentamente su mano y responde con un tono seco, sin dar lugar a interpretaciones.

—Esto es un asunto entre ella y yo.

Ravenna baja la mirada, sin dejar de actuar su papel de mujer comprensiva, la “mosca muerta” que se hace la débil para manipular.

—No quiero ser una carga, Axel —dice en voz baja, como si lo lamentara—. No me sentiría bien si las personas creen que soy un mal tercio. Debí haber hecho ese viaje.

Axel sostiene la mirada fija en la mesa, sin alterarse. Su voz, aunque contenida, corta cualquier ilusión de duda:

—Ella está molesta conmigo. Tú no tienes nada que ver. Cuando se le pase, volverá a ser la de antes.

Ravenna sonríe de nuevo, satisfecha con la respuesta, aunque oculta tras un gesto tímido.

—¿Quién en su sano juicio abandonaría a un hombre en su momento más importante? —dice, sin dirigirse a nadie en particular—. En la cúspide de su carrera, solo alguien loca lo haría.

Dylan suelta una risa breve, con un dejo irónico.

—No cualquiera puede darse el lujo de estar al lado de Axel Storme. Lia no dejará todo lo que construyó aquí. No después de tanto esfuerzo para llegar a este punto.

Kai, sentado un poco más apartado, suspira con fastidio. Prefiere no entrometerse en esa conversación que le parece vacía y cruel. Sabe que Axel no necesita oír esas frases en este momento, mucho menos de quienes dicen ser sus amigos.

Axel guarda silencio. No responde ni a Dylan ni a Ravenna. La tenue luz que cae sobre la mesa resalta las líneas de su rostro, haciéndolo ver aún más serio, casi endurecido. Nadie más se atreve a hablarle directamente.

Por dentro, su mente se desplaza lejos del ruido. Siente un peso en su pecho que lo ahoga. No es el ascenso lo que ocupa sus pensamientos, ni las felicitaciones que lo rodean. Es el recuerdo del sobre que Lia dejó en su escritorio antes de marcharse, el mismo que aún lleva en el bolsillo de su chaqueta.

Dentro de ese sobre está la verdad que más teme enfrentar.

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