Los cuatro hombres quedaron inmóviles al verla empuñar aquel pedazo de vidrio.
Durante un segundo, nadie se movió.
Después, Rocco soltó una carcajada cargada de desprecio.
—¿Tú? ¿De verdad crees que puedes hacerme frente? —preguntó mientras negaba con la cabeza—. Mírate, Serena. Estás sola, encerrada y rodeada por nosotros. Eres una mujer contra cuatro hombres. No tienes ninguna posibilidad.
Serena respiraba con dificultad.
El cristal le cortaba la palma de la mano por la fuerza con que lo apret