Rocco apretaba la mano contra la herida del abdomen. La sangre se filtraba entre sus dedos, empapando su camisa blanca, mientras el dolor le nublaba la vista.
Sin embargo, el odio que sentía era mucho más intenso que cualquier sufrimiento físico.
Sus ojos inyectados en sangre buscaron a Serena.
—¡Maldita...! —escupió entre dientes—. ¡Hagan que esa perra pague!
Los tres hombres no dudaron.
Avanzaron hacia ella al mismo tiempo.
Serena retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared de concreto