Serena sintió que el mundo entero se detenía.
Los dedos de Don Elion seguían sosteniendo con firmeza su barbilla, obligándola a mantener la mirada sobre aquellos ojos grises que parecían capaces de arrancar cualquier secreto.
No había escapatoria.
Mentirle era inútil.
Ese hombre parecía leer incluso aquello que ella no se atrevía a confesarse a sí misma.
El silencio comenzó a volverse insoportable.
La brisa del mar agitaba lentamente su cabello, mientras el yate permanecía balanceándose con suav