Ya era demasiado tarde para detener lo inevitable.
Los hombres de Ruppert habían logrado interceptar uno de los vehículos sospechosos y lo rodeaban con extrema cautela. Ninguno hablaba. Solo se escuchaba el viento y el sonido metálico de las armas al ser aseguradas.
El ambiente estaba cargado de tensión.
Ruppert observaba la escena desde unos metros de distancia, convencido de que, si realmente había una amenaza, sus hombres serían capaces de neutralizarla.
Después de todo, eran sus mejores guar