El amanecer todavía no había conseguido iluminar completamente la ciudad cuando, a varios kilómetros de allí, una instalación privada permanecía completamente aislada del mundo exterior. No había ningún letrero que indicara su existencia, ninguna ventana que permitiera observar lo que ocurría en su interior y ningún empleado que pudiera entrar sin autorización. Aquel lugar pertenecía a Damian Müller, aunque para la mayoría de las personas solamente era un nombre desconocido detrás de una puerta