Quería sorprenderla, pero el sorprendido fui yo.
Las lágrimas comenzaron a bajar por mis mejillas, no podía cerrar los ojos ni apartar la mirada y tampoco podía hablar.
Quería acercarme y despertarla, gritar, preguntarle por qué me hizo eso, pero no valía la pena, probablemente ni siquiera me escucharía, estaba ebria, los dos lo estaban, habían tres botellas de vino en el suelo, copas, flores en el piso y no siquiera eran sus favoritas, fui un imbécil, el más grande imbécil de la historia, quer