Quería sorprenderla, pero el sorprendido fui yo.
Las lágrimas comenzaron a bajar por mis mejillas, no podía cerrar los ojos ni apartar la mirada y tampoco podía hablar.
Quería acercarme y despertarla, gritar, preguntarle por qué me hizo eso, pero no valía la pena, probablemente ni siquiera me escucharía, estaba ebria, los dos lo estaban, habían tres botellas de vino en el suelo, copas, flores en el piso y no siquiera eran sus favoritas, fui un imbécil, el más grande imbécil de la historia, quería matar a ese hombre, reclamarle a Emma, pero...
No lo hice, tenía dignidad, me iría, no le diría nada, simplemente me divorciaría.
No cometería el mismo error que mi amigo August, yo no le rogaría, salí de ahí como el tonto que soy, con los ojos rojos y llorosos.
No lo merecía, no...
Quería creer que no lo merecía, pero tal vez sí.
Por obligarla a casarse conmigo, si me ponía a pensar, ese hombre siempre estaba cerca de ella y para ella, cuando ocurrió lo de Caleb yo debía cuidar de ella,