Mis días se volvieron un infierno lleno de regalos costosos a mi casa y de invitaciones ridículas por parte de la gente que trabajaba para Leonel. Todavía me costaba creer que hubiesen aceptado con tanta facilidad a Sara en el colegio privado que sugirió el innombrable o mi hija hubiese reaccionado bien al convencerla con lo de que allí tendría más tiempo para dedicarse a sus clases de pintura. Más allá de mi amor inagotable de madre, sabía con objetividad que mi hija tenía talento en el área.