Luché, traté de escapar de sus garras. Pero no me quedaba más que escuchar a Leonel. En lo único en lo que confiaba de él, era que sus amenazas no eran en vano.
—Habla, y sin tu zalamería o falsos testimonios — digo.
—Soy complaciente cuando me lo propongo. — me sonríe y después se enseria — Tienes una hija pequeña, trabajas largas jornadas en un empleo que no te permite verla crecer. Tal vez que no te permitirá costear en un futuro alguna de sus emergencias médicas o sus sueños universitarios.