Lo bueno de criar a un hijo empático es que te podías poner un poquito de cebolla cerca de los ojos a escondidas, y ya te estaban cuidando como si estuvieses en estado terminal. Esa fue la actitud de Sara durante nuestro desayuno, preguntándome muchas veces si estaba bien, y hablándome de cómo las pesadillas no eran de verdad.
Escucharla hablar me hizo erizar los vellos de mis brazos. Porque sonaba como justamente la voz de mi sueño. Nunca vi su rostro, pero sabía que era la voz de Leonel. Una