A Margarita le hacía bien visitar a sus padres y a sus hermanos.
Cuando estaba con ellos, rodeada de altos árboles frutales y de los escandalosos, pero diminutos perros de la casa, sentía que se unía otra vez a la chica que era, a la chica que había dejado atrás para buscar independencia.
Su madre siempre le preparaba ensalada de huevo y tomate. Le preparaba los mejores cafés que había probado en su vida y cuando anochecía y sus revoltosos hermanos se iban a la cama, la acompañaba a mirar el ci