La puerta del pent-house aún no terminaba de cerrarse cuando el silencio se rompió.
El agua caliente resbalaba por la ropa de Helen, empapando la tela y traspasando hasta su piel. El calor no era solo una molestia, era un ardor punzante que se extendía por su cuello y su hombro.
Helen retrocedió un paso instintivamente.
—¡¿Estás loca?! —gritó.
Su voz resonó en la amplia sala del pent-house.
Ailen permanecía frente a ella, respirando con agitación, sus ojos brillando con una mezcla peligros