La tarde en Jeju caía con suavidad, envolviendo la pequeña casa en una luz dorada que se filtraba por las ventanas como un susurro cálido. Afuera, el viento movía ligeramente los árboles, y el aroma dulce de los pasteles recién horneados aún flotaba en el ambiente, mezclándose con la calma que parecía abrazar cada rincón del lugar.
Dentro, la nana estaba sentada en su sillón de siempre, aquel que ya había tomado la forma de su cuerpo con los años. Sus manos se movían con destreza, sosteniendo a