Setenta y dos

Eduardo

La oscuridad del sueño inducido se disipó lentamente, no como un despertar brusco, sino como una marea que retrocede, revelando la orilla de la conciencia en fragmentos inconexos.

El dolor fue lo primero que sintió: una presencia sorda, palpitante, profunda. El recordatorio más físico posible de su propia fragilidad.

Lo segundo fue el calor. Un calor distinto al artificial del hospital. Un calor vivo, humano, que parecía irradiar desde un punto específico a su derecha.

Eduardo abrió los
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