Setenta

Eduardo

La primera señal de conciencia fue un dolor sordo y profundo, como si algo vital hubiera sido arrancado de su estómago. Eduardo Braga no abrió los ojos de inmediato; primero sintió la existencia. Un peso pesado en sus extremidades, un sabor metálico y oxidado en la boca, la sensación extraña e invasiva de tubos conectados a su cuerpo. Y el olor. Ese olor antiséptico e impersonal de hospital que perfumaba el aire con el fantasma de la enfermedad y la mortalidad.

Un zumbido bajo llenaba s
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