Gabriel
El agua caliente cae sobre mi espalda como un castigo que no termina de doler lo suficiente.
Apoyo ambas manos contra la pared de la ducha y bajo la cabeza, dejando que el vapor me envuelva mientras intento ordenar el caos que tengo en la cabeza. Pero no sirve. No importa cuántas veces respire hondo, ni cuántas veces me repita que todo esto es parte del plan.
Isabela sigue ahí.
Debajo de mis párpados cerrados, su imagen vuelve con una claridad cruel: su cuerpo tenso primero, luego rendido; el sonido quebrado de su respiración; la forma en que se arqueó sin entender del todo qué le estaba pasando. Y el golpe final, el que todavía me quema por dentro: saber que nunca nadie la había tocado así.
Nunca.
Aprieto la mandíbula.
Durante años estuve convencido de que había sido de Adrián. Que lo que ellos tuvieron había sido completo, íntimo, definitivo. Me había dicho que no importaba, que era pasado, que no tenía derecho a reclamar nada… pero saber ahora que no fue así me revuelve alg