Isa
Gabriel sale del despacho sin dar demasiadas explicaciones, solo un seco: «Espera aquí. No tardaré».
La puerta se cierra y el silencio cae como una sábana pesada sobre la oficina.
Me quedo sentada en la orilla del sofá, con la mano vendada apoyada sobre el regazo y los labios todavía sensibles. Siento el pulso molestamente acelerado, como si el beso siguiera pasando una y otra vez en loop dentro de mi cabeza.
Quiero que me conozcas.
Quiero que este matrimonio sea menos falso.
¿Quién demonios dice algo así después de medio año de amenazas, secuestro y control? Gabriel Moretti, por supuesto. El campeón mundial de las incoherencias.
Me recuesto contra el respaldo y cierro los ojos un segundo. La venda me pica un poco. Huele a desinfectante, a crema médica… y a él. Odio que ese detalle me tranquilice. Odio que, por primera vez en mucho tiempo, la sensación de estar “bajo cuidado” no me parezca una condena sino… algo parecido a protección.
Abro los ojos de golpe, como si pudiera espan