Ya en la biblioteca buscó entre los millones de libros, aquel tomo grueso que había leído la vez pasada, ese que enseñaba el alfabeto ruso y comenzó a escribir en su cuaderno otra vez, con sorpresa se dio cuenta de que las letras ya no eran tan desconocidas para ella y con felicidad renovada comenzó a estudiar más a fondo.
Unas dos horas más tarde pudo entender que no podría aprender ruso sin alguien que le enseñara las pronunciaciones y los distintos contextos de las palabras. ¡Había palabras