El silencio de la mañana no era el mismo que el de la noche.
Era más claro, más honesto. Más peligroso.
Porque ya no había oscuridad en la que esconderse.
Me levanté con cuidado de no hacer ruido. Sebastián seguía dormido en el sillón, en esa postura incómoda que hablaba de todo menos de descanso