Entonces sonó el teléfono.
Un zumbido seco, insistente, vibrando sobre la mesita de noche. Sebastián se tensó detrás de mí antes siquiera de abrir los ojos. El brazo que me rodeaba se retiró despacio, como si le costara. Se incorporó sobre un codo, estiró el brazo y cogió el móvil. Miró la pantalla