El reloj de pared marcaba las 21:47, pero en esa habitación el tiempo no avanzaba en números. Avanzaba en pitidos, en cambios de color en la pantalla del monitor, en la cantidad de veces que el respirador completaba su ciclo antes de que alguien entrara a revisar. Habían pasado casi dos horas desde que Sebastián me había abrazado hasta que mis sollozos se volvieron respiraciones temblorosas. Ahora estábamos los dos sentados, yo en la silla junto a la cama, él en la otra que había arrastrado des