INÉS
Salgo de la sala sin mirar atrás al espectáculo que continúa detrás de mí. Cada paso en la acera me parece pesar una tonelada. Las risas, las copas que se chocan, las miradas admirativas… todo eso se me pega a la piel como una insulto. Mi pecho se aprieta, mis piernas tiemblan, pero aprieto los dientes. No aquí. No delante de ellos.
El taxi avanza en la noche, las luces de la ciudad deslizándose por las ventanas como espectros. Aprieto las manos sobre mis rodillas, incapaz de relajarme, in