INÉS
Salgo de la sala sin mirar atrás al espectáculo que continúa detrás de mí. Cada paso en la acera me parece pesar una tonelada. Las risas, las copas que se chocan, las miradas admirativas… todo eso se me pega a la piel como una insulto. Mi pecho se aprieta, mis piernas tiemblan, pero aprieto los dientes. No aquí. No delante de ellos.
El taxi avanza en la noche, las luces de la ciudad deslizándose por las ventanas como espectros. Aprieto las manos sobre mis rodillas, incapaz de relajarme, incapaz de respirar correctamente. Las imágenes de la fiesta desfilan en mi cabeza: ella, radiante, inalcanzable, y él, hipnotizado. Todo lo que he querido ser… y que nunca he sido.
Desciendo frente al edificio de mis padres, mis tacones golpeando el suelo con un ruido seco, resonando de ira y frustración. En cuanto cruzo la puerta, siento su mirada sobre mí. Mi madre me espera, de pie en la entrada, y mi padre, sentado en el sillón, con los ojos entrecerrados, como si hubiera adivinado el caos qu