Sofía llegó a las once de la mañana con lentes de sol aunque estaba nublado y un traje gris que parecía armadura corporativa más que ropa para una reunión familiar. Emma ya estaba sentada en la mesa del comedor de su departamento que de repente parecía más chico que nunca con cinco personas dentro y veinticinco años de resentimiento buscando espacio para respirar.
Anabela había reorganizado el departamento con la eficiencia silenciosa de madre que prepara un campo de batalla disfrazándolo d