Lorenzo solo escuchaba, con los hombros temblando, mordiéndose el labio para contener los sollozos.
Diez minutos después, el mayordomo regresó con medicinas y comenzó a desinfectar y vendar la mano de Lorenzo.
—¿Cómo están las heridas del joven? —preguntó Eduardo.
—Moretones en la cara, varios golpes en el abdomen, hombros, brazos y espalda —informó el mayordomo.
Al oír esto, Eduardo le dio una patada a Lorenzo:
—¡Con toda esa energía que te sobra, deberían meterte en la cárcel para que te refor