En el hospital.
Isabella estaba sentada junto a la cama, masajeando con esmero las piernas de Marta, la madre de Jacob.
—Isabella, no tienes que hacer estas cosas. Pide a los asistentes de rehabilitación que lo hagan, tú has estado ocupada toda la mañana y ni siquiera has descansado un poco.
Marta, debilitada, estaba recostada en la cabecera de la cama.
Isabella sonrió con dulzura:
—Mamá, los asistentes son solo empleados, hacen su trabajo porque les pagan, pero no lo harán con el mismo cariño.