La mirada afilada de Lorenzo, cargada de furia contenida, hizo que Andrés sintiera un escalofrío por la espalda. Bajó la cabeza con una expresión grave:
—Señor Vargas, nuestros hombres todavía no han encontrado rastro de la señorita Torres en las grabaciones de seguridad.
El ceño de Lorenzo se frunció, y una sombra de decepción cruzó por sus ojos. Desde un rincón, se escuchó una risa sarcástica:
—¡Inútiles!
Quien habló fue Samuel, que estaba sentado en una silla de ruedas.
Andrés sabía que no ha