Marta gritó, su voz llena de dolor y frustración:
—¡No te metas conmigo! ¡Lo único que te importa es esa Celeste! ¿Por qué te importa si vivo o muero? ¡Deja que me mate ya! ¡Crie a un hijo ingrato que ni siquiera se preocupa por su madre! ¡He sufrido tanto por ti, y ahora no tengo a nadie que me consuele! ¡Celeste te tiene hechizado, has dejado a tu esposa y ahora también a tu madre! ¡Dios mío, no tengo razones para seguir viviendo!
Con cada palabra, Marta se agitaba más, al borde del desmayo. L