Dos meses después, tras una clase de entrenamiento, el mayordomo lo llevó al estudio de Enzo. Al entrar, Lorenzo vio el cuerpo de la gatita en el suelo, decapitada, con la cabeza separada del cuerpo.
—Sin mi permiso, no puedes tener nada que te guste —fue lo único que Enzo dijo.
Lorenzo ya no era ese niño indefenso. Esta vez, Celeste no tendría el mismo destino que aquella gatita.
—Señor —el mayordomo lo saludó con deferencia al cruzarse con él—, hay algo que debo informarle. Parece que la señor