El lujoso sofá tembló violentamente.
Los ojos atentos de Celeste se encogieron un poco por asusto:
—¿Vas a golpearme?
Golpearla...
Maldita sea, ¡quería incluso estrangularla!
El pecho de Lorenzo estaba obstruido por una ola de ira que no tenía dónde desahogar. Con una mirada sombría la miraba desde lo alto, siseó con voz helada:
—¡Celeste, eres una maldita sin corazón!
***
Lorenzo se fue, cerrando la puerta con un portazo y la habitación cayó en un silencio mortal.
Celeste se incorporó, se arr