De repente, el rostro de Celeste cambió, con su voz suave y débil, se quejó:
—¿Cómo puede ser tan sencillo? Realmente siento mucho dolor… Me duele mucho...
Mordió sus labios, frunciendo el ceño con fuerza. Su cuerpo encogido parecía soportar un gran dolor. En su cuello salían las venas. Gimiendo y sollozando, su reacción tocaba la fibra sensible de Lorenzo, y su voz se volvió más fría:
—¿Parece que no le pasa nada? ¡Examínela con cuidado!
Andrés casi se ríe a un lado. Era su culpa, no le había