STELLA
Han pasado tres meses desde la batalla que casi nos destruyó.
Me quedo junto a la ventana de nuestro dormitorio, observando la puesta de sol sobre los terrenos de la manada. El daño ha sido reparado: muros nuevos donde los viejos se quemaron, jardines frescos donde la sangre manchó la tierra.
Pero esta noche no estoy pensando en lo que perdimos.
Estoy pensando en el hombre detrás de mí.
Siento a Antonio acercarse antes de oír sus pasos. La conexión entre nosotros ha cambiado desde la transformación: más profunda, más compleja, vibrando con una intensidad que a veces me deja sin aliento.
—Milo por fin se durmió —dice, rodeándome la cintura con sus brazos desde atrás. Apoya la barbilla en mi hombro y me recuesto contra su calor—. Me costó tres cuentos antes de dormir y la promesa de que iríamos al lago mañana.
Sonrío a pesar de la melancolía que me pesa en el pecho. —Cada vez es más difícil cansarlo.
—Tiene tres años. Eso es lo que hacen. —La voz de Antonio suena divertida, pero